Nuestro cerebro es muy caprichoso, pero la Neuroarquitectura le dara todo aquello que desea.

El Homo Sapiens tal y como lo conocemos lleva miles de años adaptándose al medio terrestre para sobrevivir, como hicieron sus antecesores. El cerebro humano, pues, lleva tres millones de años conformado para adaptarse a la vida en el aire libre de la sabana. Pero en pocos centenares de años la vida de los seres humanos se ha visto enormemente modificada. Del aire libre a la ciudad, ahora vivimos, nos educamos y trabajamos en pequeños espacios diseñados para ser eficientes. Damos por hecho que hemos evolucionado como especie y como sociedad, pero no tenemos en cuenta que nuestro cerebro no ha tenido tiempo (unos millones de años) para adaptarse a esta nueva forma de vida.

Neuroarquitectura

Fuente: Unnidos

De esta obviedad y del reciente y fructífero estudio del cerebro humano han nacido disciplinas científicas que estudian las “respuestas” del cerebro humano a diferentes estímulos, como por ejemplo los estímulos de marketing, estudiados en el neuromarketing, o los estímulos de los espacios arquitectónicos, estudiados por la reciente disciplina llamada neuroarquitectura.

Pese a que tiene una corta vida, esta disciplina es la evolución de la relación históricamente estudiada entre la mente y la arquitectura: Des de la distribución de los templos religiosos hasta el diseño panóptico de las prisiones (diseñadas para vigilar y sentirse vigilado). En las últimas décadas han surgido modelos afines a esta relación mente-arquitectura, como el diseño biofílico, que tienen en cuenta los efectos psicosociales y anímicos que un espacio arquitectónico o inmueble tiene sobre la mente humana.

Neuroarquitectura 2

Fuente: CNN

Siguiendo estos modelos de estudio, la neuroarquitectura nace como una disciplina emergente que pretende comprender cómo el hábitat en el que vivimos afecta a nuestra salud física y mental, nuestro estado de ánimo y nuestro comportamiento. Nacida en Estados Unidos, esta disciplina se consolidó oficialmente en 2003 con la fundación de la Academia de Neurociencias para la Arquitectura (ANFA) en San Diego (California), que tiene como objetivo “investigar cómo debe ser el diseño del espacio en el siglo XXI para mejorar nuestro bienestar, aumentar el rendimiento y reducir el estrés y la fatiga de las ciudades.”

Está demostrado por estudios realizados con Resonancia Magnética Nuclear que los habitantes de grandes ciudades presentan altas tasas de ansiedad, estrés crónico, neurosis y enfermedades mentales como la esquizofrenia o la depresión. Esto se debe a la aumentada actividad de varias áreas del cerebro como la amígdala o la corteza cingulada, que controlan entre otras funciones los miedos, peligros y dolores, así como la focalización de la atención.

Por otra parte, sabemos que los humanos fabricamos más oxitocina y serotonina  (asociadas al disfrute y la relajación) si nos encontramos en un entorno agradable, por lo tanto resulta evidente que el diseño de los espacios influye en nuestro estado emocional y comportamiento.

Recientes avances científicos han demostrado además que “determinados espacios ayudan en la edad adulta a la producción de nuevas células nerviosas (neuronas)”.  Las investigaciones actuales se centran en los efectos de los diferentes entornos: la relación entre los espacios amplios y el pensamiento creativo, la relación de la naturaleza con la estimulación de la concentración o con la curación de personas enfermas o el impacto de los edificios y muebles con ángulos rectos y afilados sobre la amígdala, estructura cerebral implicada en procesos de defensa y agresión del cerebro.

De los hallazgos que resulten de estas investigaciones actuales nacerá lo que muchos estudios anticipan como “el nuevo Renacimiento de las ciencias del diseño y la arquitectura”. A través de controlar variables implicadas como por ejemplo el nivel de luz, la utilización de luz natural, el nivel de temperatura y de humedad, los colores y texturas o la sonoridad del espacio se conseguirán nuevos entornos diseñados para facilitar ciertas funciones cognitivas.

Escuelas y academias que faciliten el aprendizaje y la concentración, como ya estudia la disciplina llamada neuroeducación; hospitales y residencias que favorezcan la recuperación de la salud o talleres y espacios de trabajo que favorezcan la creatividad  son algunos de los muchos entornos cotidianos que podrán cambiar en un futuro próximo para mejorar nuestro bienestar y rendimiento. Hasta entonces, seguiremos atentos y conscientes de lo mucho que nos queda por mejorar.

Así pues, estamos ante un cambio de paradigma no sólo en cuanto a arquitectura o marketing, sino ante cómo entendemos nuestro día a día. Gracias a la neurociencia en pocos años quizá seremos capaces de readaptar la rápida evolución a la que nos hemos visto sometidos como seres humanos hacia un entorno “brain-friendly”: espacios de trabajo para concentrarse y rendir más, escuelas diseñadas para aprender, nuevos métodos de aprendizaje y trabajo más eficientes y, lo que es más importante, una sociedad que sea consciente de cómo funciona su cerebro y que pueda aprovechar este conocimiento para vivir mejor, ser mejor y, sobretodo, más feliz.